
El Parlamento nicaragüense dio el primer paso para suprimir los comicios, siguiendo la orden de Daniel Ortega. La oposición dentro del país prácticamente ha desaparecido.
Por Elena Vidal · Actualidad y política · Redacción Chatcámara
El régimen de Daniel Ortega y Rosario Murillo formalizó esta semana su plan de eliminar las elecciones presidenciales en Nicaragua. La Asamblea Nacional, controlada por el oficialismo, inició el trámite legislativo para modificar la Constitución y suprimir los comicios como mecanismo de alternancia en el poder. El anuncio no sorprende: Ortega lleva años desmantelando la democracia, pero ahora abandona incluso la fachada electoral.
El presidente de 80 años ya había vaciado de contenido cualquier proceso electoral previo. Encarceló a opositores, ilegalizó partidos, cerró medios críticos y reformó leyes para perpetuarse en el cargo. La oposición dentro del país quedó reducida a figuras aisladas, sin estructura ni capacidad de movilización. La decisión de eliminar las votaciones formaliza un control que ya era absoluto.
Desde la comunidad internacional llovieron críticas. Francia 24 y otras agencias recogieron la respuesta del régimen: “Nuestra democracia, nuestras elecciones”, esgrimieron las autoridades, defendiendo que la soberanía nicaragüense no admite injerencias. Organismos como la Oficina de Washington para América Latina (WOLA) calificaron la medida como la supresión definitiva de la competencia electoral. La pregunta que flota es por qué Ortega decidió decir en voz alta lo que ya practicaba en silencio.
Analistas apuntan a que el líder sandinista busca blindar su sucesión dinástica. Rosario Murillo, su esposa y vicepresidenta, aparece como la heredera natural del poder. Sin elecciones, el traspaso sería automático, sin necesidad de urnas. Mientras tanto, la Asamblea Nacional avanza sin oposición real. El debate público brilla por su ausencia. En las calles de Managua, el miedo y la desesperanza se han convertido en paisaje cotidiano.
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